Dios, hombre y fantasía (La imagen del caballero medieval como miles Christi)

Es un lugar común señalar que la modernidad, con su exaltación del trabajo, su vocación racionalista y su afán secularizador, asestó un duro golpe al talante simbólico de la Edad Media. Da la impresión como si el hombre hubiese pagado un alto precio por el desarrollo científico y económico de la civilización occidental. Es conocido que se trata de una actitud técnico-positivista que ha generado la creencia en la factibilidad de las cosas al estimar que todos los seres son factibles, es decir, que se pueden dominar mediante una objetivación científica empeñada en descubrir un universo de realidades que existen por sí mismas y que están sujetas a las leyes naturales universales. Desde esta perspectiva, ser objeto se identifica con el hecho de estar disponible para su objetivación y manipulación. De este modo, la técnica ha transformado la naturaleza para conseguir un mundo artificial que se caracteriza por el estrechamiento de su apertura al mundo y el empobrecimiento de sus posibilidades simbólicas. A través de esta lógica científico-técnica, se exalta una concepción mecánica del trabajo que insiste en la utilidad de manipular y transformar los entes al margen de cualquier otra posible consideración. “El mundo pierde su carácter de creación y se convierte en naturaleza; la obra humana pierde la actitud de servicio determinado por la obediencia a Dios y se convierte en creación; el hombre mismo, que había sido antes adorador y servidor, se convierte creador”.

La tradición pedagógica neoescolástica: en el centenario del nacimiento de Juan Tusquest (1901-1998)

Es bien notorio que el neoescolasticismo fue una de las corrientes de pensamiento que más influyó en el movimiento de renovación filosófica que siguió a la publicación de la encíclica Aeterni Patris (1879). Además de reivindicar la filosofía tomista que según León XIII es la auténtica filosofía cristiana, el catolicismo deseaba superar el criticismo kantiano, el positivismo de Comte, el escepticismo de Spencer, el panteísmo de la Naturphilosophie y el ateísmo materialista, elaborando una filosofía que integrase en las coordenadas tradicionales del pensamiento los hallazgos de la ciencia moderna. Franz de Hovre –refiriéndose al cardenal Mercier– escribió que se proponía “rejuvenecer la filosofía escolástica poniéndola en contacto con la ciencia y el pensamiento modernos, y recristianizar la ciencia y la filosofía modernas al calor de la filosofía escolástica”. Se buscaba, pues, construir una síntesis filosófica de nuevo cuño que incluyese los datos suministrados por las diferentes ciencias particulares, según los principios del tomismo, superándose así la escisión planteada por Dilthey entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu.

Balmes, educador

No cabe la menor duda de que la figura de Jaime Balmes (1810-1848) constituye uno de los nombres más importantes del pensamiento español contemporáneo. Su amplia obra —de auténtico polígrafo— ofrece diferentes lecturas: sacerdotal, filosófica, política, sociológica, teológica, apologética y, también, pedagógica. Por ello, entre el gran número de calificativos que Jaime Balmes ha merecido se puede incluir la condición de educador, tal como el P. Ignacio Casanovas manifestó de manera inequívoca: “Balmes era un educador de primer orden”. Y aunque Juan de Dios Mendoza —de acuerdo con esta afirmación— reservó un apartado de su bibliografía a las contribuciones balmesianas al campo de la educación, lo cierto es que no abundan los estudios que han abordado su dimensión pedagógica.