La Teología de la historia en Francisco Canals

Los que hemos tenido el privilegio de escuchar innumerables veces al Doctor Canals, aún podemos recordar con entusiasmo sus ciclos de conferencias centrados en temas nucleares del pensamiento católico. Quizá uno de los temas más complejos y comprometedores que solía abordar eran los versados en la Teología de la historia. Acostumbraba a decir que para entenderla había que estudiar más teología que historia y su temor era que los oyentes de sus conferencias, charlas o conversaciones interpretaran superficialmente sus enseñanzas. También rehuía de oyentes visionarios deseosos de “novedades” escatológicas. Recordaba frecuentemente Canals aquel pasaje del Apocalipsis en el que san Juan debe tragarse un libro que le produce una terrible amargura. Esta es la amargura de los que se inician en estos saberes y que nada tienen que ver con la curiositas. Por eso, el sentir respecto a estos temas quedaba enmarcado en el Apostolado de la Oración y la devoción del Sagrado Corazón. Había escrito Canals que cuando le preguntaban al Padre Orlandis, su maestro, por qué formaba a sus jóvenes en la Teología de la historia, respondía que para formar buenos celadores del Apostolado de la Oración. Todo lo que se alejara de esta intención habría pervertido las enseñanzas recibidas.

La plenitud de la Iglesia al final de los tiempos en San Buenaventura

A partir de los textos de la Escritura, y en concreto del capítulo 20 del Apocalipsis joánico, donde se habla del reino del Milenio, se fueron formando en la Iglesia las primeras doctrinas que afirmaban una esperanza de plenitud para la historia humana. La esperanza de un reino mesiánico terreno no es una doctrina absolutamente novedosa en el cristianismo. En el seno del judaísmo, tanto el Antiguo Testamento como en la literatura intertestamentaria, encontramos de forma explícita la esperanza de una intervención de Dios en la historia que lleva a ésta a su plenitud. En este contexto, existe una discusión histórica sobre el origen de la doctrina del Milenio en la Iglesia: para algunos no es sino influencia del judaísmo en las primeras comunidades cristianas que tardarán en irse purificando de la misma.

La Ciudad de Dios y El ocaso de la Edad Modernaensayo de aproximación

Quisiera empezar este trabajo haciendo dos puntualizaciones. La primera referente al término “ensayo”. Los límites que me impone el formato de un artículo, hacen de este escrito un ensayo de aproximación entre dos obras aparentemente distantes, no sólo en el tiempo, sino en su finalidad, contenido, enfoque, etc. No se trata de un estudio que exigiría mayor extensión y sobre todo mayor calado en el contenido. La investigación que ahora presento tiene, pues, un carácter provisional que me une además a Romano Guardini, autor sobre el que he centrado mi investigación en los últimos años y que encasillaba así muchos de sus trabajos.

Actualidad de la crítica de San Agustín al paganismo en De Civitate Dei

San Agustín expone en las Retractationes de modo inequívoco no sólo la intención que le llevó a escribir los veintidós libros De civitate Dei sino concretamente con qué intención particular escribió cada una de las principales secciones de esta “obra ingente”, como él mismo la califica. Y el primero de los grandes bloques –los primeros cinco libros– lo escribió con ánimo de refutar la tesis según la cual el culto pagano tradicional a una multitud de dioses trae prosperidad mientras que la dejación de tal culto todo tipo de males temporales. Esta intención explícita de los primeros cinco libros es la que más directamente coincide con la intención general de toda la obra: defender la religión cristiana de una acusación blasfema, una acusación formulada con especial virulencia y encono, la acusación de ser la culpable de la desastrosa caída y saqueo de Roma a manos de los godos de Alarico.

La tensión entre las dos ciudadesel análisis de San Agustín y su validez actual

Según Posidio, al final de su vida, en la estrechez del sitio de Hipona, San Agustín repetía esta frase, variante al parecer de otra de Plotino. Con esas palabras, tanto el Filósofo como el Obispo aludían a la inconsecuencia lógica de maravillarse de la caducidad del mundo y sus cambios. Puede ser que no sea muy lógico extrañarse de la contingencia, pero ciertamente es muy frecuente –quizás nos pasa a todos, quizás les pasaba también a ellos y sus frases no eran sino una vía de consuelo-. Y nos pasa sobre todo cuando nos toca vivir un tiempo de intensos cambios, una era convulsa, como también le tocó a San Agustín: vemos que muchas cosas se caen a trozos, a veces cosas muy queridas, y podemos tener la tentación del pesimismo y la desesperanza. Pero esto, como indica MacIntyre, son lujos culturales que no nos están permitidos en el tiempo presente. Más bien debemos analizar bien las cosas, distinguir lo esencial de lo accesorio y descubrir las causas de los cambios para poder pensar en alguna solución ante lo que, en ocasiones, parece el hundimiento.

La unidad del género humano en La Ciudad de Dios

Entre los signos de los tiempos que los cristianos tenemos obligación de escrutar hay uno singularmente que se ha hecho patente a los ojos de todos los hombres, creyentes y no creyentes: la humanidad se ha hecho una, se ha unificado. Para el creyente, en el corazón de esta tendencia humana a la unidad se encuentra una unidad previa, de origen, como un cierto principio de unidad de todo género humano que vincula a los hombres entre sí en un sentido muy profundo. Sin embargo, este principio de unidad del género humano, cuyo fundamento en la Escritura, la Tradición y el Magisterio es explícito, no está presente en la comprensión que el hombre actual, tampoco el cristiano, tiene de sí mismo y de sus relaciones con los demás hombres. Y no sólo en el plano de la fundamentación de su obrar moral (que suele ser la única ocasión en la que este principio de solidaridad es mencionado) sino en el más profundo de la comprensión que tiene sobre el sentido de la Historia de la Salvación, y por tanto sobre el sentido de su vida.

San Agustín y la presencia del mal en la Historia

El origen del mal es ciertamente un problema serio para la razón humana. Es una de las preguntas clave que se hace todo ser humano: ¿Por qué existe el mal? ¿Por qué el sufrimiento y el dolor? ¿Por qué, si Dios es bueno, permite el mal? Es la cuestión que en realidad se encuentra en la base de todo el pensamiento de Buda (de aquí parten las “cuatro nobles verdades”) y es lo que muchos hombres plantean a los sacerdotes, especialmente cuando acaban de ser golpeados en su vida personal por algún acontecimiento duro. San Agustín quiso dar respuesta a todos estos interrogantes en su tiempo, de un modo especial frente al maniqueísmo, el cual bebe del dualismo zoroástrico-mazdeísta persa, que considera la existencia de dos principios divinos: Ahura-Mazda u Ormuz, Principio del Bien, y Ahrimán, Principio del Mal. A partir de aquí, el dualismo mazdeísta viene a ofrecer una visión de la historia humana, ya que contrapone los pueblos del bien, de agricultores sedentarios y ganaderos civilizados, y los pueblos del mal, de nómadas ladrones y saqueadores.

Número 144

Año 58 | 2009 Artículos San Agustín y la presencia del mal en la Historia Santiago Cantera Montenegro La unidad del género humano en La Ciudad de Dios Julián Vara Martín La tensión entre las dos ciudades: el análisis de San Agustín y su validez actual Salvador...